Y se abrochaba con disimulo el gabán, para ocultar a Currita que llegaba su consideración a los antropófagos hasta el punto de visitarlos a las diez de la mañana, de frac y corbata blanca. Ella, con su sencillez columbina, no reparaba en esto, y se apresuró a preguntar con ingenuidad adorable:
—¿Hiciste mi encargo?
—¿Qué encargo?...
—¡Pues me gusta!... ¿No te dije que fueses a ver a Jacobo Téllez?...
—¿A Jacobo Téllez?... ¿Y quién es Jacobo Téllez?
—Pues, hombre, Jacobo Sabadell, el marido de mi prima Elvira.
—¡Ah, ya!... Si yo creía que se llamaba Benito...
En los claros ojos de Currita brilló un relámpago de ira, y a poco más pierde su mansedumbre.
—Y aunque se llamara Policarpo—exclamó—. ¿Es razón esa para no hacer lo que te digo?...