—Pues nada, hija, se me olvidó. ¿Qué hemos de hacerle?
—¡Ir ahora mismo! ¿Te enteras?... Y convidarlo a almorzar... Mira que a mi vuelta he de encontrarlo aquí contigo.
—Bien, hija, descuida, así se hará... ¿Dices que se llama Benito?
—¡Dale con Benito!... Se llama Jacobo, y es un muchacho distinguidísimo, a quien quiero que consideres como mi primo que es.
Currita disertó un momento sobre el amor de la familia y el imperioso deber que tiene todo ciudadano de estrechar estos lazos venerandos, y dejando ya convencido a Fernandito, marchó a reunirse con la duquesa.
Al subir al carruaje ambas damas, apareció el tío Frasquito presuroso, muy lozano, pulcro y resplandeciente, haciéndolas señas de que le aguardasen. Subió con ellas al coche, sacó del bolsillo una curiosa cajita de cartón y púsola sobre sus rodillas. Las damas le miraban atónitas y él sonreía picaresco; levantó al fin la tapa con mucho misterio, y entre perfumados papeles de seda apareció la babucha.
Mientras tanto, Jacobo, sin salir de su aposento del Gran Hôtel, daba vueltas a su proyecto. La claridad de juicio va en razón directa de la conveniente distancia a que se contemplan los hechos, y al despertar aquel día, libre ya de las perplejidades y angustias que atormentaban su ánimo, pudo apreciar su situación con exactitud verdadera.
Las líneas de su plan aparecieron entonces claras y firmes en todos sus contornos, a la manera que después de una inundación y cuando las aguas se retiran, aparece distintamente la altura de los collados y lo extenso de los llanos y lo profundo de los valles. Encontróse entonces Jacobo con que sus collados eran montañas, y sus llanos desiertos, y sus valles abismos...
Y lo peor del caso estaba en que el primer abismo que se abría a sus pies y le era forzoso salvar, habíalo abierto él con sus propias manos la noche antes, por jugarlo todo impremeditadamente a una sola carta, olvidando que era su juego de cartas dobles y complicadas. Porque la babucha comprada en el Gran Bazar y la necedad del tío Frasquito iban a colocarle aquel mismo día en lo alto de la columna del escándalo, en la gloriosa picota de la moda, que asentaba esta vez sus cimientos sobre los cadáveres de dos seres degradados, muerto el uno con un dogal, cosida la otra a puñaladas y arrojada en su saco de cuero, sin expirar todavía, viva y palpitante, en lo profundo del mar de Mármara.