¡Oh!... Jacobo se incomodó esta vez de veras, porque jamás le habían refregado por la cara una verdad tan áspera. Contúvose, sin embargo, porque sabía cuán terribles eran las embestidas de Diógenes, y con forzada sonrisa contestó:
—Mira, Diógenes, la borrachera de ayer te dura todavía... ¿En qué cabeza cabe sino en la tuya, de bala rasa, que fuera yo a venderme a mi mujer por un puñado de duros?...
—Amigo, cuando no dan más en la puja, hay que decir lo del otro gitano del cuento... Se confesó de haber robado tres pesetas, y el cura le dijo: «¿No te da vergüenza, infeliz, de condenarte por tres miserables pesetas?...» «¿Y qué quería usted que jiciese, si no había más?...»
Aquí interrumpió la disputa el marqués de Villamelón, que entraba restaurado ya por completo de sus desperfectos de la mañana. Al verle Diógenes, cogió prontamente un periódico y púsose a leer junto a la chimenea, en el lado opuesto.
El marqués fuese derecho a Jacobo, que ceremoniosamente se levantaba para recibirle, y apretándole ambas manos, díjole con grande afecto:
—Adiós, Benito, ¿cómo te va?... Tú siempre tan famoso...
Y con protectora afabilidad diole dos cariñosas palmaditas en el hombro izquierdo.
—Dispensa que no viniera a verte ayer, Benito—prosiguió Villamelón, sentándose—. Pero en este París, ¿me entiendes?, no hay tiempo para nada... Curra te espera a almorzar. ¿Lo sabes?... A las dos: un poco tarde quizá; pero hoy está de servicio con la reina. ¿Me entiendes?
Ofendióse la altivez de Jacobo con los aires protectores del héroe del combate navo-terrestre de Cabo Negro, y quiso declinar fríamente la honra del convite; mas Villamelón le atajó la palabra, diciendo:
—¡Nada, nada, nada! ¿Me entiendes?... No admito excusas, Benito; y Curra se ofendería de muerte. ¿Sabes?... Tiene debilidad por la familia, y lo que es por ti, delira. Siempre está con Benito arriba, Benito abajo...