Diógenes gritó desde su asiento:
—Pero, Villamelón..., quiero decir, ¡majadero!... ¡Si no se llama Benito!...
—¡Ay! Es verdad, que era... ¿Cómo era?...
—Jacobo.
—¡Eso es, Jacobo!... Pues dispensa, Jacobo; pero tengo una memoria infelicísima, y lo peor es que cada día se me va debilitando...
Quejábase con harta razón Fernandito de su falta de memoria, síntoma fatal a veces de los reblandecimientos cerebrales. Mas Diógenes, que no perdonaba ocasión de descargar su terrible mandoble, púsose a recitar como si leyera en el periódico:
Hablando de cierta historia,
A un necio se preguntó:
—¿Te acuerdas tú?—Y respondió:
—Esperen que haga memoria.
Mi Inés, viendo su idiotismo,
Dijo risueña al momento:
—Haz también entendimiento,
Que te costará lo mismo.
Jacobo y Villamelón se miraron entre sí, miraron después a Diógenes, y tornado a mirarse ambos, echáronse a reír, diciendo al cabo Fernandito:
—¡Qué cosas tiene!... No hay más remedio que dejarlo o matarlo. ¿Sabes, Benito?...