—¿Confesarme yo?—exclamó muy ofendido Jacobo—. ¿De dónde sacas tú eso?
—Como decías que deseabas hablarle...
—¿No es el padre Cifuentes el confesor y el director íntimo de mi mujer?...
—Sí, porr cierrto...
—Pues lo que yo quiero exigir de él es que obligue a Elvira a acceder a mis pretensiones.
—¿Perrro cuáles son tus pretensiones, Jacobito?—preguntó el tío Frasquito muy alarmado.
—Una muy sencilla y muy cristiana... Reunirme con mi mujer y olvidar todo lo pasado.
—¡Aaah..., yaaa!—exclamó el tío Frasquito estupefacto y desolado, al ver que la Trapa se quedaba sin fundar, y el hospital sin concluir, y el novicio sin tomar el hábito.
Y rabiosillo y enfurruñado de que la leyenda de Malek-Adhel tuviera el ramplón desenlace de cualquiera comedia moratinesca, dejóse llevar de su espíritu de chismografía hermafrodita, diciendo: