—Perrro ¿has meditado bien tus pretensiones?

Je parecen acaso imposibles?...

—Hombrre, imposibles no... ¿Perrro sabes tú la vida que Elvirrra hace?

—Justamente iba a preguntártelo.

El tío Frasquito hizo dos o tres visajes remilgados de ¡reviento si no lo digo!, y contestó titubeando:

—Hombrrre, te dirrré... La cosa es pública... perrro yo no sé si debo...

—¿Pues no has de deber, tío Frasquito?—exclamó Jacobo violento y azorado—. Yo tengo el derecho de preguntar, y tú, si eres mi amigo, tienes el deber de responderme.

—¡Ya lo crreo que soy tu amigo, Jacobito! ¿Lo dudas?... Y lo fui de tu padrre, y de tu abuelo... Quierrro decirr... a tu abuelo lo conocí siendo yo una criaturrra... Perrro hay ciertas cosas...

—¿Pero qué cosas?... ¡Dilas, hombre, dilas!...

—Pues mirrra, Jacobo, la verdad... Tu mujerr ha dado mucho que hablarr en todas partes...