El tío Frasquito iba a replicar muy disgustado, pero Jacobo le atajó la palabra, preguntándole:

—¿Y cómo vive Elvira?... ¿Gasta mucho?...

—¡Ca!... Si parrrece la viuda de un cesante... Está seca, desgavilada; ella, que tenía un cuerpo tan airrroso, tan elegante... En fin, hijo, un día la vi en casa de mi sobrina Villasis, y me parrreció hasta sucia... Como si parrra serr santa se necesitarrra serr puerrca, cuando el aseo es una virrtud que se ejerrcita con agua fresca y un estropajo... De la casa no te digo nada, porrque no la he visto: tres veces estuve allí porr currriosidad, y no me rrrecibió ninguna. Perrro vive en un principal muy modestito, allá, junto a las Carbonerrras...

—Eso no es extraño; la pobre debe andar mal de cuartos.

—¡Ca!, no lo creas... ¿Perrro tú no sabes?... Si está rrica; como que ganó el pleito con la Monterrrubio y debe de tenerr de quince a veinte mil durrros de rrrenta.

—¡Hombre!... ¡Lo siento!—exclamó Jacobo muy pesaroso.

—¿De verrras?

—Y tan de veras... Porque siendo ella más rica que yo, no faltarán malas lenguas que atribuyan al interés mi vuelta a su lado...

—¡Oh, no, no, Jacobito, porr Dios! ¡Porr Dios, Jacobito!... ¡Quien piense eso..., no te conoce!

—En fin, ya lo veremos... Lo que importa ahora es que yo me entienda con el padre Cifuentes.