De nuevo se detuvo Diógenes dudoso, por no saber a punto fijo si Jacobo podía tener uno o más esternones, y dispuesto sin duda a romperle cuantos tener pudiera, prosiguió al cabo:

«...avísame y ahí me tienes. Yo sigo tan campante con mis sesenta y dos a cuestas, caminito, caminito de esa cama del hospital que tantas veces me has pronosticado. ¿Llegará en el sesenta y tres?».

Y dando con esta pregunta por terminada la carta, firmóla como Antonio Pérez las suyas a milady Richs:

«Perro desollado de vuestra señoría, Diógenes.»

«P. D.—Un beso a Monina.»

Y aquí se detuvo otra vez perplejo, meneó lentamente la gran cabezota, y su rostro granujiento tomó una expresión indefinible de ternura y de tristeza.

Aquella Monina, bellísima criatura de cuatro años, ídolo de su corazón por un fenómeno semejante al que hace a los grandes perrazos encariñarse con los niños, que le tiraba de las patillas y le hacía andar a cuatro pies, guiándole ella por una oreja, había rechazado un día un beso de sus aguardentosos labios, diciéndole con infantil repugnancia:

—¡No..., que apesta!...

Y Diógenes, el cínico Diógenes, que se burlaba de la opinión del mundo entero y hacía gala de revolcarse en los más inmundos lodazales, sintió, ante la repugnancia de aquel ángel, que una gran vergüenza invadía su corazón y subía hasta su frente, tiñéndola de carmín, y asomaba a sus ojos llenándolos de lágrimas... Por tres días enteros estuvo sin beber una copa; al cuarto, rindióle el vicio otra vez; mas jamás volvió a besar a la niña.

Y entonces, a tan gran distancia del bello angelito, creyó faltar a su propósito escribiendo en aquella postdata la palabra beso, y borrándola con grandes tachaduras, puso en su lugar: «A Monina, que le llevaré un muñeco que dice papá y mamá». Después escribió en el sobre: