Mme. LA MARQUISE DE VILLASIS
Villa María.
Biarritz.
[—VII—]
El capricho de una soberana hizo en poco tiempo de un villorio olvidado uno de los centros más a la moda entre los semidioses que regulan sus costumbres, su lujo, sus necesidades y hasta su conciencia, a veces, por las extravagantes leyes de esta tirana caprichosa.
La emperatriz Eugenia levantó en Biarritz la ville Eugénie, y Biarritz quedó al nivel de Trouville, Dieppe y Etretat. Los españoles lo invaden en verano, los ingleses en invierno y los rusos en otoño, como si por turno quisieran disfrutar sus comodidades bastante problemáticas y sus encantos harto discutibles.
El lujo se apresuró a levantar allí villas y palacios; la especulación, hoteles y casinos; sólo la piedad se quedó con las manos quietas. En Biarritz apenas si existe una iglesia.
En la carretera de Bayona hay hacia el lado del mar una villa deliciosa, que se asienta en un reducido parque como una paloma en su nido de verdura: extiéndese aquel a lo largo del camino, cerrado por una gran verja de hierro, en cuya puerta campea en uno y otro lado este letrero: Villa María. Da esta entrada a una gran calle, que sombreada por árboles magníficos, describe tres caprichosas vueltas, salta un diminuto riachuelo y lleva a una plazoleta semicircular, atestada de flores, especie de square delicioso, que sirve como de patio de honor a la casa.
Tres gradas de mármol blanco dan ingreso al piso bajo, destinado sólo a recibimiento y adornado con esa pulcra sencillez que adopta todo lo bello y destierra todo lo suntuoso, y constituye el buen gusto y la elegancia en el decorado de un palacio de campo. En el fondo del vestíbulo abríase la puerta del salón, y llegábase por este a un pequeño gabinete, tapizado todo de cretona, con grandes flores cobrizas. Ocupaba uno de sus frentes una chimenea de mármol blanco, y formaba el otro una gran ventana de cristales, abierta de arriba abajo, que dejaba entrar el sol a raudales y permitía ver la verdura del parque en primer término, la arena de la playa más lejos y el azul del mar en lontananza.
Las once habían dado ya en el reloj del torreoncito de la villa, y dos señoras, sentadas a uno y otro lado de la chimenea, hablaban en el gabinete. Una lloraba en silencio; la otra parecía consolarla.
Representaba esta más de cuarenta años, y su falta absoluta de pretensiones en nada disimulaba la sorda lima del tiempo. Un sencillo peine de concha sujetaba su abundante cabellera, blanca casi por completo, y su rica bata de paño labrado, con vueltas de terciopelo, lejos de prestar realce alguno a su persona, parecía más bien recibir ella misma del talle airoso y noble de la dama la severa elegancia de su corte y de sus pliegues.
Su rostro, algo moreno y nada correcto en sus rasgos, tenía, sin embargo, esa móvil belleza que da la expresión y viene a ser, con respecto a la fisonomía, lo que el colorido con respecto al dibujo: belleza más bien moral que física, que se escapa siempre al pincel, y constituía el principal encanto de aquella señora, dotada de cierta viveza natural que no le quitaba señorío; cierta gracia espontánea y cariñosa que, unida a un ligerísimo ceceo, acusaban su procedencia andaluza.