—Eres turco y no te creo...

Elvira bajó anonadada la suya, porque le pareció que aquellas palabras derrumbaban de un golpe el castillo que allá en el fondo de su corazón levantaron antes la esperanza y el deseo. Dos grandes lágrimas se desprendieron de sus ojos, mientras murmuraba tímidamente:

—¡He rezado tanto!... ¡He llorado tanto!...

—¡Es verdad!... ¡Pero ha mentido tanto!... ¡Ha rodado tanto!...

—Dios puede hacer un milagro...

—Y el hombre puede hacerlo inútil.

—Yo espero que no...

—Yo temo que sí.

—¿Pero a ti quién te lo dice?...

—¿Y a ti quién te lo asegura?