El llanto de Elvira se trocó entonces en sollozos, y como si aquella pena fuese nueva para ella, sintió en toda su plenitud la primera necesidad de todos los débiles en la desgracia: buscar unos brazos amigos en que arrojarse, un pecho leal en que esconder el rostro lleno de lágrimas...

La Villasis la recibió en los suyos, estrechándola contra su corazón, besándola en la frente, hablándola al oído, con la voz suave y cariñosa con que se habla a un niño enfermo o desolado. Ella, sollozando sin cesar, repetía:

—¿Y qué hago?... ¿Qué hago?...

—Irte.

—¿Pero adónde?...

—A Lourdes... A esperar junto a la Virgen Santísima que pase la tormenta.

—Irá allí a buscarme...

—No irá... Yo me encargo de detenerlo.

—Pero, ¿y si fuera verdad, María?—tornó a decir Elvira, aferrándose a su idea—. ¿Y si su arrepentimiento es cierto y se encuentra el pobre con que le cierro la puerta?...

—Entonces sabré yo conocerlo y te lo llevaré a Lourdes yo misma... Iremos los tres a buscarte: él, yo y tu hijo.