—Ya voy teniendo algún punto de contacto con ellas...—exclamó riendo la marquesa—. A lo menos, en lo añejo de la fecha.
Jacobo habíase sentado mientras tanto en una silla, al otro lado del pequeño secrétaire, que vino a quedar entre ambos; encontróse algún tanto embarazado después de este primer saludo, y esperando que la marquesa entrase la primera en el terreno en que uno y otro deseaban encontrarse, púsose a hablar de la afluencia de hombres políticos de todos colores que llegaban en aquellos días a Biarritz; parecía aquello la costa a que la República de España fuese arrojando los restos del naufragio de la monarquía saboyana.
La marquesa dio entonces el primer paso, diciendo con intención marcadísima:
—Sí... Parece que Biarritz es el teatro escogido para las negociaciones diplomáticas.
Hízose Jacobo el sueco y contestó con tono doctoral de hombre político:
—Dudosas se presentan... No creo que cuaje ninguna...
—¿Ninguna?—preguntó riendo la marquesa—. ¿Ni tampoco las mías?
—¡Ah, ya! ¡Eso es otra cosa!—replicó jovialmente Jacobo—. A la diplomacia de las faldas no hay quien resista. Recuerdo haberle oído a Castelar que el mundo es de las faldas y de las faldas: es decir, de las enaguas y de las sotanas.
—Pues téngaselo usted por dicho, señor de Bismarck... Porque supongo sabrás que estoy nombrada plenipotenciaria...
—Sí—replicó Jacobo—, ya me han entregado las credenciales.