Y al decir esto, puso sobre la mesita del secrétaire la carta que, dictada por la Villasis misma, le había escrito Elvira la víspera. Leyóla atentamente la marquesa, como si le fuera desconocida, y devolviósela a Jacobo, diciendo:
—Me parece que están en regla... Puede el señor Bismarck, cuando guste, exponerme la marcha de su política.
—Yo creo más correcto que el señor..
Jacobo se detuvo sonriendo, como si ignorase el nombre de su antagonista diplomático, y la marquesa le apuntó muy formalmente:
—Antonelli... Así no saldremos de faldas.
—...que monseñor Antonelli exponga antes la suya... El mundo ha sido siempre el decano del cuerpo diplomático.
—Y por lo mismo debe de hablar el último; con que cayó usted en un renuncio, señor de Bismarck... Pero no hay que apurarse por ello, que yo expondré la mía con una sinceridad impropia del oficio... Mi política es esta: «Padre nuestro que estás en los cielos... Hágase tu voluntad... Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores... No nos dejes caer en la tentación... Líbranos de mal...».
La marquesa supo dar tal inflexión a algunas de estas palabras, que su política fue perfectamente comprendida por Jacobo. Aquello de que los deudores quedaban perdonados sentóle muy bien y le llenó de esperanza.
—¡Política italiana!—dijo moviendo la cabeza—. Es la más hábil.
—Italiana no, romana—replicó vivamente la marquesa—. ¡Es la más santa!...