—Porque..., porque..., porque firmar eso, es renunciar a mi dignidad de marido.

—¿A tu dignidad de marido?... ¿Pues no decías hace un momento que tan sólo el reparo que este papel allana te había hecho vacilar al intentar lo que intentas?

—Es que ese papel rebaja mi dignidad...

—Ese papel realza y asegura tu dignidad en la opinión pública...

—Cuando se trata del honor hay que prescindir de la opinión...

—¿Prescindir de la opinión?... ¿Pues no decías ahora mismo que lo que se dice de los hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar en su vida como lo que realmente han hecho?

—Hay casos en que el testimonio de la propia conciencia es, para el hombre de honor, suficiente:

—¡Pero hombre... de honor!... ¡Si me decías hace un momento que, aunque la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra depende de la opinión ajena!...

Jacobo forcejeaba como el lobo cogido en la trampa para buscar una salida, y no hallándola, exclamó al fin, rompiendo el freno de las formas, último que suele romper el más inepto de los diplomáticos:

—¡Política romana con todas sus hipócritas bajezas y sus intrigas de sacristía!...