—¡Cuidado con lo que dices, Jacobo!—exclamó enérgicamente la marquesa—. ¡Mira que me autorizas a pensar que tu política bismarckiana ocultaba alguna vileza!
—¡La tuya sí que oculta una intriga en que asoma la mano del padre Cifuentes!...
—¿La mano del padre Cifuentes?... ¡Pobre padre Cifuentes!... La descubrirás tú, sin duda, desde aquella montaña de Tai-Sam a que subiste hace poco... Yo, como vivo en terreno llano, no la descubro.
Jacobo, golpeando con ambos guantes la tapa de la mesa, guardaba silencio. La marquesa le preguntó al cabo, sin perder su serena calma:
—¿Conque decididamente no firmas?
—No firmo—replicó Jacobo con ira.
—Pues conste que, si la reconciliación no se efectúa, tú tienes la culpa; que tu mujer ha cedido cuanto es posible ceder, y tú..., tú mismo, por una obcecación bien sospechosa, destruyes todo lo hecho.
—Destruyo lo que tú o ese bendito Cifuentes habéis urdido; pero yo me entenderé con Elvira...
—Es que Elvira no vendrá a Biarritz.