—Pues iré yo a buscarla.
—¿A que no vas?
—¡Pero, señor!—exclamó Jacobo exasperado—. ¿Son estas las gentes timoratas?... ¿De dónde saca mi mujer esos aires de independencia?... Nosotros no estamos separados legalmente y la ley me autoriza para reclamar cuando quiera a mi mujer y a mi hijo.
La marquesa se irguió entonces en su butaca, arrogante y amenazadora, desplegando por vez primera sus poderosas alas de águila. Con el puño cerrado dio un fuerte golpe sobre la mesa, diciendo al mismo tiempo:
—¡Inténtalo!... ¡Atrévete!... ¡Inténtalo, y en el momento en que des el primer paso, presenta ella ante esos tribunales una demanda de divorcio que te hunde por completo!...
El aspecto, la voz, el enérgico desprecio de aquel reto sobrecogieron a Jacobo por un momento; recobrando, sin embargo, bien pronto su audacia, replicó lleno de rabia:
—¡Que la presente si quiere!... ¿Dónde tiene las pruebas?...
—En su poder las tiene... Suficientes para alcanzar un divorcio: bastantes para hacer poner el capuchón... a cualquiera que lo merezca...
—¡María!