—Old, old history!...
Hecho esto, el espejo de caballeros, según Pedro López, el integérrimo diplomático, el sesudo político, el anciano venerable y fervoroso que tenía ya un pie en el sepulcro, miró al reloj, enarcó las cejas y despidióse apresuradamente. Eran ya las once, y estaba citado a las once y cuarto con el cardenal arzobispo de Toledo: tratábase de un atentado de la canalla gubernamental republicana contra la Iglesia y deseaba él representar en aquel conflicto el papel de Constantino.
Ensanchósele el corazón al tío Frasquito, creyendo llegada la hora de averiguar algo, y aguzó las orejas y aprestó la lengua para sondear con habilidad a Jacobo y a Currita. Mas, de repente, una mano aleve cogió el mediato lazo de su corbata blanca, y dándole una rápida vuelta, vino a ponérselo sobre la nuca. Volvióse indignado y sorprendido, y vio inclinada sobre la suya la gran cabezota de Diógenes, que, sonriendo y babeando, le decía amorosamente:
—¡Francesca mía!... ¡Si soy yo, Paolo!...
Verde de ira y amarillo de miedo púsose Francesca, cual si viese asomar por detrás de Paolo la sombra siniestra de Gianciotto, y gruñó entre dientes:
—¡Qué cosas tienes!... De verras que erres pesado...
Y despidiéndose atropelladamente por temor de alguna más grave demasía, fuese a componer la corbata en el espejo del antepalco, dejando vacío su asiento, que era lo que buscaba Diógenes. Ocupólo este entonces con la mayor frescura y dando una gran palmada en el muslo a Villamelón, díjole tal atrocidad, relativa a su entripado, que Jacobo y Leopoldina se miraron espontáneamente, como quien dice: «¡Animal!». Currita, muy enfadada, dijo:—¡Jesús, hombre, qué cosas tienes!... ¡Eres shoking, shoking, de veras!—Y Fernandito, con resignada sonrisa, contestó:
—El vol-au-vent de codornices... Siempre se me indigesta. ¿Sabes?
—¡Pues ya lo creo que lo sé, polaina!... Por eso tomo yo siempre vol-au-vent de sopa de ajo—replicó Diógenes.