Y cediendo a su instinto natural de desvergonzada capigorronería, añadió:
—Oye... ¿Y quién me lleva a mí luego en su coche, tú o Jacobo?
—Lo que es yo no te llevo—replicó vivamente este—. Me voy ahora mismo.
—Ni yo tampoco—añadió al punto Currita—Fernandito no se siente bien, y no hemos de andar por ahí dando vueltas.
—Pero, mujer, si te coge al paso... Me dejas en la calle de Alcalá, en la chocolatería de doña Mariquita... Por nada del mundo pierdo yo mi gran jícara con su par de mojicones...
—Son sabrosos—opinó Villamelón.
—¡Qué delicia!—dijo Currita—. Si te los dieran todas las noches en los dientes no tendrías la lengua tan larga.
—¡Polaina!... Si te los dieran a ti donde yo me sé, no darías motivos para que te alcanzasen las lenguas.
Currita se mordió los labios comprendiendo que era imposible la lucha con aquel cafre, que parecía complacerse en poner de relieve, con sus crudezas, las vergonzosas condescendencias del mundo, y Jacobo se despidió afectuosamente al comenzar el acto con un ambiguo hasta luego, que dejó a Currita muy complacida. A la mitad del acto cuando Dinorah recobra la razón y quiere recordar la bellísima plegaria ¡Sancta María! entre sublimes vacilaciones de la orquesta, que parecen revelar los esfuerzos mentales de la pobre loca, envolvióse Currita en su soberbio abrigo de terciopelo granate, forrado de pieles blancas, y aceptando en señal de reconciliación el brazo de Diógenes, salió del palco escoltada por Villamelón y Leopoldina, gozoso él por irse a dormir su indigestión, furiosa ella por marcharse sin oír el coro final de la romería.
El foyer estaba aún desierto, y los lacayos, zambullendo las encarnadas narices en sus inmensos cuellos de pieles, comenzaban a asomar ya, para avisar a los señores la llegada de los coches. Antojósele entonces a Currita sentarse en un diván, para esperar la salida de la gente. Angustióse Villamelón.