—¡Pero, hija mía, por Dios!... ¡Si esto está helado, Curra!...
Y se liaba a toda prisa al pescuezo un gran foulard finísimo, y levantábase el cuello del gabán a la altura de las orejas...
—Te digo que vale más volver al palco, si...
Un estornudo formidable le cortó la palabra y le acrecentó la angustia.
—¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Ya pillé un constipado... Fortuna tengo hoy... ¿Sabes?... ¡Ya tengo para una semana!...
La gente comenzó a desfilar por delante de Leopoldina y la Albornoz, que, dejando estornudar a Fernandito y sin perder de vista su negocio, saludaban a diestro y siniestro a los innumerables conocidos que iban pasando. De pronto, Leopoldina tiró suavemente del vestido a Currita, diciéndole muy bajo:
—Mírala... ¡Esa es!...
No vio nada: dos fantasmas blancos pasaban por delante, arrastrando por debajo de los amplios albornoces las largas colas de terciopelo negro, dejando asomar la vieja por el abrigado capuchón una corva nariz caída y afilada, luciendo tan sólo la joven unos ojazos azules, que creyó Currita se fijaban en ella con provocativa insolencia. El blanco albornoz de la incógnita pasó rozando el terciopelo granate del abrigo de Currita, y una frase alemana, que esta pudo oír y no pudo entender: «Ahí la tienes», pareció caer entonces de la nariz corva y afilada, y ambos fantasmas desaparecieron entre el gentío precedidos de un groom monísimo que apenas contaría doce años.
—Pero, hija, ¿arrancaremos al fin?—decía Villamelón mientras tanto—. Diógenes, dale tú el brazo... ¡Buen constipado he pillado!... ¿Qué haces tú cuando te constipas, Diógenes?
—¿Yo?... Estornudar...