El pasmo de Butrón fue grande al verse colocado reduplicativamente por aquella importuna síncopa en la rama más desacreditada de la extensa familia de los paquidermos, y apresuróse a colocar habilidosamente la regia dádiva en una moldura que, sin ocultar por completo el honroso letrero, encubriese el sangriento lapsus calami de su majestad británica.
Ocurrían graves sucesos, y la pelotera que Butrón sostenía con su mujer reconocía en ellos su origen. Pavía había dado el golpe de 3 de enero, derrumbándose la república parvulita al eco de tres o cuatro tiros disparados al aire en los pasillos del Congreso. El poder cayó de nuevo en las garras de Serrano, y el desquiciamiento general, la indisciplina del ejército, que peleaba sin fe ni esperanza en aquellas dos grandes esclusas de Cartagena y el Norte, que se tragaban torrentes de sangre y arroyos de dinero, indicaban a los pacientes alfonsinos, cruzados de brazos, que se acercaba la hora de extender la mano para coger la breva, madura ya por completo. La escena de Aristófanes, en su comedia La Paz, cuando el pacífico Trigeo sube al Olimpo montado en un escarabajo, se representaba entonces en España: el Olimpo estaba desierto y sólo quedaban allí la Guerra y el Estrago, machacando en un mortero una nación entera y sirviéndoles de mano un general ambicioso.
Otro general de valor, de prudencia y de prestigio, encargóse entonces de inclinar hacia los alfonsinos la rama de que pendía la fruta apetecida y disputada. Fue este el general Concha, que aceptando el mando del ejército del Norte, partió para Bilbao, dispuesto a restablecer la disciplina, aniquilar a los carlistas y proclamar rey de España al joven príncipe Alfonso. Era necesario, sin embargo, allegar recursos para preparar el ejército, y las bolsas exprimidas, las codicias alarmadas y los egoísmos latentes dificultaban mucho la ejecución del proyecto. El ingenio del marqués de Butrón encargóse entonces de hallar remedio, y al frente de su brigada femenina acometió la empresa: imaginó, por de pronto, crear una asociación de señoras para socorrer a los heridos del Norte, que, difundida por toda España, había de allegar recursos de todos géneros para ser distribuidos abundantemente en el ejército a nombre de las señoras alfonsinas, preparando así los ánimos para secundar el movimiento[15].
El plan fue aprobado con entusiasmo por los prohombres del partido, y el gran Robinsón sólo pensó entonces, con la enérgica actividad que le caracterizaba, en organizar la Junta central de señoras en la corte. Ocupóse, lo primero, en buscar la presidenta, piedra fundamental de todo el edificio, y un nombre ilustre que había de llevarse tras de sí cuanto grande, bueno y respetable encerraba la corte; acudió primero a su mente la marquesa de Villasis... Mas las teorías conciliadoras del peludo diplomático juzgaban necesario allegar otros elementos, y pensó entonces en la condesa de Albornoz para el cargo de vicepresidenta. Esta atraería al Madrid de rompe y rasga, que brilla y que bulle, pequeña, pero venenosa levadura que corrompe la sociedad entera y la hace aparecer, al imponerle sus leyes a sus vicios, escandalosa hasta un punto que no lo es ciertamente; la otra atraería al Madrid honrado, sensato y devoto, no tan escaso como muchos creen, y en torno de uno y otro bando se agruparía al punto el Madrid verdaderamente inmenso, la gran falange cortesana de gente más bien frívola que corrompida, más bien insustancial que viciosa, que vive de reflejos y escandaliza o edifica, según es escandaloso o edificante el astro que le comunica sus resplandores.
El plan era bellísimo. Mas ¿quién le ponía el cascabel al gato? ¿Quién aliaba a la tiesa y austera Villasis con la amable y despreocupada Currita, aunque se tratase de ir a conquistar juntas la Tierra Santa? ¿Quién doblegaba la vanidad inmensa de la Albornoz, hasta el punto de hacerla aceptar cualquiera empresa que fuese un puesto secundario?... El astuto Butrón resolvió tentar el vado, aproximando a las dos señoras, y citólas en terreno neutral, su propia casa, sin advertir a ninguna la presencia de la otra, con el pretexto de tratar reservadamente, en junta de notables, un asunto de la mayor importancia para el partido. Encargóse él de avisar a Currita la noche antes en el teatro, y, por orden expresa suya, escribió su mujer a la Villasis, con quien la unía una amistad antigua, cariñosa y sincera. La futura presidenta olióse desde luego la partida, y un oportuno constipado atroz y empedernido vino a impedirle salir fuera de casa; así se lo notificaba con grande sentimiento y cariñosas frases a su buena amiga Genoveva en una elegante esquelita cuadrada, en cuya esquina se leía, bajo la corona ducal propia de los Grandes de España, su nombre de María.
Esperábase la Butrón la llegada del constipado, díjole así a su marido al mostrarle la carta, y entonces fue cuando el respetable diplomático descargó su berrinche sobre la pobre dama, prodigándole los dicterios que al comenzar este capítulo apuntamos.
De repente, recobró su cortesana sonrisa, su continente señoril y aparatoso: entraba la duquesa de Bara, otra de las citadas, antigua amiga suya, aunque no de tan añeja fecha, de quien la maledicencia se había ocupado muchos años atrás y se solía ocupar aún de cuando en cuando. Era la duquesa mujer muy discreta, nada escrupulosa, conocía a Madrid palmo a palmo y escuchábala Butrón como a un oráculo en todo lo referente a guerra femenil de intriguillas y abanicazos. Al poco llegó el general Pastor, próximo a partir también al Norte para secundar el movimiento de Concha, y vino luego un don José Pulido, hombre listo y travieso, pies y manos de Butrón y también su ninfa Egeria, que había sido condiscípulo suyo en la Universidad y desempeñado muy buenos puestos a la sombra del diplomático. Eran ya las tres, y a las cuatro debían de llegar Jacobo Sabadell y la Albornoz y hubiera llegado también la Villasis si su providencial constipado no se lo estorbase. El prudente Butrón habíalos citado con una hora de intervalo, para poder preparar en aquella antejunta de íntimos lo que en presencia de los otros había de tratarse más tarde.
Sentáronse todos al lado de la chimenea, en torno de la mesa cuadrada, y el respetable Butrón expuso el caso. La duquesa de Bara no le dejó acabar: juzgaba ella imposible hacer tragar a la Villasis la vicepresidencia de Currita, como no fuera cogiéndola de sorpresa, presentando de improviso la candidatura aprobada ya por unanimidad en la junta magna de señoras que había de celebrarse; y aun así y todo, desconfiaba mucho del éxito, porque era María Villasis una quijota impertinente y ridícula, capaz de desairar a Madrid entero si se le ponía entre ceja y ceja el hacerlo.
—No se me olvidará nunca—dijo—lo que hizo con la pobre Rosa Peñarrón, cuando aquel concierto famoso que organizó a beneficio de los inundados de Valencia. Le envió Rosa tres billetes, y tuvo la desfachatez de devolvérselos con el precio justo, unas quince o veinte pesetas, y enviar luego a Valencia, por mano del arzobispo, una limosna de tres mil duros...
Butrón enarcó las formidables cejas, el general Pastor se atusó el largo bigote y don José Pulido, más práctico y menos puntilloso, ensanchó la barbilampiña cara, diciendo suavemente: