—Con tal de que nos envíe a nosotros otro tanto, aunque sea por mano del moro Muza...

Ofendióse la duquesa, que acababa de vender su hijo y su ducado al señor López Moreno, y con mucha dignidad contestó severamente:

—¡Oh, no, no, Pulido!... Ni el decoro se vende, ni tiene precio, ni necesitamos acá que venga la Villasis a damos lecciones...

Y además, desconfiaba ella mucho de la actitud de esta e ignoraba hasta qué punto podría contarse con ella para los trabajos de la Restauración... Cierto que su amistad con la reina destronada había sido siempre íntima, leal y consecuente, pero le constaba a ella de buena tinta que Bravo Murillo tuvo la impertinencia de comunicar a la marquesa la respuesta dada por el arzobispo de Valladolid a la consulta de si la Restauración había de conservar o no la unidad católica, y esta no podía ser más terminante: «No era lícito a ningún partido político prescindir de ella». Que era esto una tontería, una chochez del arzobispo, corriente. Pero era lo bastante para alarmar la conciencia de una mojigata como la Villasis, y encontrar en ello un pretexto para tirar de los cordones de la bolsa.

La marquesa de Butrón bajó los ojos como distraída al oír hablar de la unidad católica, y acentuóse aún más la sombra de tristeza que nublaba siempre su rostro. El integérrimo diplomático y el señor Pulido cruzaron entre sí una rápida mirada; indudable era que los dos compadres habían hablado más de una vez del asunto en junta de íntimos, del lado de allá del biombo. Butrón tomó la palabra, extendiendo la peluda mano:

—Respondo de María Villasis—dijo enérgicamente—. Lo que tú dices es cierto, Beatriz; pero la pifia de Bravo Murillo la enmendé yo mismo... María acudió entonces a mí muy alarmada, pidiendo explicaciones categóricas, y yo la prometí solemnemente que la Restauración conservaría a todo trance la unidad católica como la joya más preciada de las glorias de España.

La duquesa se encogió de hombros, con muestras de grande impaciencia.

—Pues no dice eso el manifiesto que se negó a firmar Bravo Murillo—dijo.

—Tampoco dice lo contrario.