Tocóle la vez de enfurecerse a Isabel Mazacán, y mientras el viejo Butrón disimulaba un repentino sobresalto, como si juzgase aquel nombramiento cosa de grave peligro, dijo ella muy contrariada por el fiasco de su noticia:

—Pues, señor, ¡me pasmo de su pasmo de ustedes!... ¿A qué viene ese espanto?... ¿Acaso Curra ha tenido alguna vez vergüenza?

—¡Eso es otra cosa!—replicó con fresquísima naturalidad la duquesa—. Pero la enormidad que tú le atribuyes sería peor que una culpa; sería una pifia...¡Camarera mayor de la Cisterna!... ¡Qué ridiculez!...

—Mira que lo sé de buena tinta...

—Vamos, mujer, dilo sin miedo, que ninguna de nosotras se ha de poner colorada—exclamó María Valdivieso con la intención de un toro de ocho años—. ¿Te lo ha dicho García Gómez?...

La Mazacán titubeó un momento, y sin ruborizarse tampoco por las comentadas intimidades que con el lindo ministro tenía, dijo al cabo:

—García Gómez me lo ha dicho.

—¡Pues aunque lo diga San García Gómez no lo creo!—replicó impertérrita la duquesa—. Necesitaría yo verla en el coche de la Cisterna para comprender.

—Ya lo irás comprendiendo, mujer, no te apures—la interrumpió Isabel Mazacán con mucha sorna—. ¿Te acuerdas de que Currita estaba en París cuando la abdicación de la reina? ¿Te acuerdas de que nadie se acordó de invitarla a la ceremonia?... Bien se guardó ella de decirlo; pero su marido, ese Villamelón, que tiene más de melón que de villa, lo dejó escapar una noche en casa de Camponegro... ¡Pues ahí tienes la madre del cordero!... Ella no ha perdonado el desaire, y quiere ahora sacarse la espina; porque, ¡pásmate, Beatriz, pásmate!... Ni aun siquiera le han ofrecido el cargo; ¡ella, ella es quien lo ha solicitado!...

Horrorizáronse todos, y la Mazacán continuó: