—Será alguna grande de provincia... Alguna indecente que nosotros no conocemos—dijo Leopoldina Pastor.

—No, señor; es grande de la corte, y de la cepa... y me extraña no encontrarla aquí...

—¿Aquí?—gritó la duquesa irguiéndose amenazadora.

Y revolvió los ojos en todas direcciones, como buscando debajo de alguna mesa o en lo alto de algún étagére a la nueva camarera.

—Pero ¿quién es?... ¿Quién es?—gritaron todos.

Isabel Mazacán dejaba escapar una sonrisita maliciosa, como quien saborea un triunfo anticipado; presentó una copa a Paco Vélez para que se la llenase de whisky, vacióla de un trago, y acabó al fin de soltar la bomba.

—Curra Albornoz—dijo.

Lo enorme de la afirmación destruyó su efecto. Un «¡bah!» general de incredulidad brotó de todos los labios, y la duquesa se hundió de nuevo en las profundidades de su chaise-longue, exclamando:

—¡Eso es una canard!

—¡Sí, señor!... ¡Un camelo!—añadió Gorito muy indignado.