—¿Pues no le he de querer, hija?... Si es mi primo... tu tío...

La niña movió la cabecita haciendo un mohín de duda.

—¡Sí!—dijo—. Yo también quiero al primo Bautista y al primo Carlos... Pero más que a ti y a Paquito, no..., no..., no...!

Y se echó a llorar amargamente, con el corazón encogido, escondiendo la preciosa carita en el seno de su madre, como si buscara allí lo que encuentra la más pequeña golondrina en el fondo de su nido: el calor de la ternura materna. Paquito nada había dicho; púsose muy encarnado, con ese santo carmín con que el pudor instintivo tiñe las facciones de la inocencia, y destrozando entre sus deditos, sin darse cuenta de ello, una anforita romana, extraño lacrimatorio de vidrio que había sobre una mesa, ocultó con varonil esfuerzo las gruesas lágrimas que le brotaban de los ojos.

En otra ocasión, algunos meses más tarde, acercábase el día del santo de Currita, 10 de octubre, fiesta de san Francisco de Borja. Los dos niños tramaban juntos una conspiración para dar una sorpresa a su madre. Paquito, en quien comenzaban a revelarse sus notables disposiciones para la pintura, especialmente de retratos, había pintado al pastel uno de su padre, un Villamelón deforme, color de zanahoria, que parecía tener el carrillo izquierdo hinchado, pero no por eso dejaba de tener con el original un más que mediano parecido. Era lo más notable del retrato la parte de la frente y la cabeza, en que el niño había copiado fielmente la escasa cabellera de su padre, partida con una raya por en medio y formándole sobre ambas orejas dos pequeños cuernecitos a lo Napoleón III, que había alargado más de lo conveniente la impericia del artista. Lilí, por su parte, había hecho con ayuda de Miss Buteffull, que estaba en el secreto, un marco de piel de Rusia, con flores de realce; y reuniendo ambos su trabajo, quedó completo el regalo; al pie de este, escribió Miss Buteffull con su mejor letra inglesa: «A su querida mamá en el día de su santo»; y lo firmaron ambos niños, Lilí, Paquito.

¡Oh! La obra era magna, había costado mucho y preciso era que los autores se cobrasen, presenciando por completo la alegre sorpresa de su madre... Llegó el ansiado día, y ocultando Lilí bajo su capita de pieles el magnífico regalo, entráronse ambos niños a hurtadillas en el estudio de su madre: allí solía venir ella todos los días antes de almorzar, bastante después de las doce, y era la ocasión más a propósito para darle la sorpresa. En el caballete de Currita, sobre el cuadro mismo que estaba pintando, colocó Paquito con sumo cuidado su obra maestra... Luego, riéndose como ángeles del cielo, con la agitación de las grandes expectaciones, con la candorosa confianza en el más santo de los cariños, corrieron presurosos a ocultarse entre los innumerables cachivaches, debajo de una papelera antigua de acero, ocultos por un gran tapiz, que tenía unas figuras muy largas, muy secas, muy feas: las tres Parcas... Veíase desde allí el caballete, destacándose en medio el monigote, y los dos niños, muy agazapados, muy juntitos, apretándose el uno contra el otro, contemplaban su obra.

—¡Qué bien está!—decía Lilí.

Pasó media hora; Lilí se impacientaba y estiraba las piernas.

—No viene—decía.

—¡Calla, tonta!...