Sonó un ruido; Lilí dio un codazo a su hermano; susurróle al oído:

—¡Ya viene!—Y se encogió mucho, mucho...

Y venía, en efecto; pero no venía sola... Venía con ella el tío Jacobo, hablando de cosas que ellos no entendían, ¡qué fastidio! Deudas que era menester pagar, acreedores que querían cobrarse, una firma que era necesario sorprender a Villamelón al pie de un pagaré por tres veces protestado... Un préstamo, un mero préstamo pagadero al verificarse la Restauración, cuando pudiera él cobrar lo que habían valido ciertos misteriosos papelitos...

Jacobo hablaba con voz desmayada, y animábale Currita, muy alegre, muy satisfecha, diciendo a todo que sí, que no tuviera cuidado... De pronto miró al caballete.

—¿Qué es eso?...

Los niños no respiraban y apretábanse mucho, muy pegaditos, muy pegaditos... Sonó entonces una carcajada.

—¿Has visto?...

Otra risa de hombre, la del tío Jacobo, hizo coro a la primera, oyéndose esta vez:

—¡Valiente majadero!...

Y volvieron a reírse los dos, el tío Jacobo y la madre, con una risa que desconcertó por completo a los niños, porque no era la risa alegre, tierna, agradecida, rebosando amor y ternura de madre que ellos esperaban, sino una risa acre, burlona, desvergonzada, que les recordaba, sin saber por qué, la que usan para insultarse las mujeres malas de la calle...