—¡Qué ocurrencia!... ¡Pobres criaturas!... ¡Y qué feísimo está el babieca!... Mira, parece que tiene dolor de muelas. ¡Qué delicia!...
—Y el chico le coronó de firme...
—¡Pues es verdad!...
Hubo entonces un infame cuchicheo de risas y palabras entrecortadas... Algo cogieron de una mesa, algo pusieron en el retrato, y de nuevo resonaron aquellas carcajadas que hacían daño.
Los niños nada decían; habíanse apartado el uno del otro como si temieran comunicarse sus impresiones, y estaban allí acurrucados, quietos, muy calladitos..., muy calladitos...
Un criado entró en el estudio anunciando que el almuerzo estaba servido, y Jacobo y Currita se fueron a poco sin volver a ocuparse más del regalo de los niños.
Paquito salió el primero: tenía el aire de un chico que ha sentido en una pesadilla un peso enorme, que no ve, ni palpa, ni comprende, pero que le oprime y le anonada y le deja el pecho jadeante. Lilí salió después y se le quedó mirando; los dos se acercaron al retrato.
—¡Uy!—dijo Lilí desolada—¡Lo que le han puesto!...
Una mano infame había trazado con carbón de diseñar, en los dos ricitos del retrato, la prolongación más sarcástica, el insulto más villano.
El niño se puso muy rojo, luego pálido, muy pálido. Cogió el retrato, escondiólo bajo el gabán y fuese hacia la puerta sin decir palabra. Lilí se puso a llorar; entonces volvió el niño y le dio un besito.