—No llores, tonta...
Él no lloraba; estaba muy serio, con las naricillas pálidas, la boca seca, blancos los labios... Empinó el dedo y dijo mirando a la alfombra:
—Y no digas nada a mademoiselle... ¿Sabes? Nada, nada... Yo me voy a mi cuarto.
Y se fue a su cuarto el inocente, y allí, en aquella soledad en que nadie había de consolarlo, lloró a lágrima viva, lloró a raudales... Porque sentía una pena profunda que le destrozaba el corazón sin comprenderla, como destroza las entrañas sin dar la cara un cáncer oculto; porque sentía una vergüenza, por decirlo así, anónima, que le hacía ocultar el rostro bañado en lágrimas en la blanca almohadita... ¿Y por qué, por qué sentía él aquella vergüenza, si era bueno y amaba a su padre y a su madre, y adoraba a Lilí, y tenía siempre notas de sobresaliente, y le rezaba a Dios todos los días, y también a la Virgen Santísima que estaba allí delante, en un cuadro, con el Niño en los brazos?...
Se serenó un poco. ¡Oh! Qué feliz debió de ser aquel Niño divino con poder llamar a aquella Madre tan pura: ¡Madre!... ¡Madre!...
Muy pocos días después Currita retiró repentinamente a su hijo del colegio de Nuestra Señora del Recuerdo. Contaba ya el niño doce años, y el padre rector manifestó a su padre, un día de visita, que era menester disponerle para recibir la primera Comunión. Currita no estaba delante, y Villamelón se apresuró a aprobar la idea. Quería él, ante todo, que su hijo fuese cristiano.
—Y no crea usted, padre rector, esto me viene de casta. Mi mujer es parienta de san Francisco de Borja y yo lo soy de santa Teresa, y por los Benedetti, de san Francisco de Caracciolo...
¡Ah! Los Villamelón habían sido siempre muy piadosos... Celebraban todos los años una novena a san Roque, abogado de la peste, en Quintanar de Oreja, donde tenían posesiones. El era patrono de la iglesia y tenía facultad para nombrar al párroco.—¿Usted me entiende, padre rector?...
El rector lo entendió muy bien, y confiando en san Francisco Caracciolo, dio otro paso adelante; la fiesta de la primera Comunión había de celebrarse el 19 de marzo, día de san José, y parecía natural, era muy conveniente, sería muy edificante que él, padre del niño, y la señora condesa, su madre, le acompañaran a la Sagrada Mesa. También aceptó Villamelón.