—¡Sí, señor, padre rector, comulgaré con mi hijo!... Mi santa madre lo decía: conviene tener con Dios ciertas atenciones. ¿Usted me entiende?... Y además, esas escenas de familia me conmueven; yo aspiro a una familia patriarcal... Mi madre era una santa; mi mujer es un ángel que se mira en mis ojos y no tiene voluntad propia: Currita, esto; Curra, lo otro, eso hace. ¿Usted me entiende, padre rector?...
El rector, que era escrupuloso, no se atrevió a decir que entendía por miedo de soltar una mentirilla, y Villamelón prosiguió con el aire de un monarca que se brinda a ser padrino de un pordiosero:
—Pues nada, padre rector, comulgaremos los dos con el niño, y yo, no crea usted, vendré de uniforme.
El rector, que cazaba de largo y veía venir las cosas de lejos, prevínole que sería conveniente vinieran ya los dos confesados al colegio, porque los padres de allí andaban siempre faltos de tiempo y quizá les fuera imposible despacharlos.
—Corriente, padre rector, corriente... Yo tengo mi confesor fijo; nunca me he confesado con otro... El padre Pareja, excelente sujeto. ¡Un santo, padre rector, un santo! ¿Usted me entiende?
El padre rector lo entendió tan bien, que estuvo a pique de soltar la risa. El padre Pareja, confesor ordinario del señor marqués, había muerto diez años antes.
Villamelón volvió a su casa muy satisfecho y refirió a Currita el compromiso que había contraído. Ella, con la rápida percepción de su claro entendimiento, comprendió al punto todo lo grave del compromiso, y una idea horrible, la del sacrilegio, cruzó por su mente cual un pájaro siniestro... Mas se detuvo asustada ante ella, porque aun la mala mujer española es rara vez impía; allá, en el fondo de su corazón, cree siempre y teme, y menos aterra el sacrilegio a la falsa devota que a la francamente escandalosa. Su fecunda imaginación ofrecióle al punto otro expediente digno de la superiora de Port-Royal, la mística jansenista Sofía Arnaud.
—¿Pero qué estás diciendo, Fernandito?... ¿Comulgar un niño de doce años?... ¡Qué barbaridad!... Eso es una irreverencia y yo no puedo permitirlo.
Villamelón abrió la boca espantado.
—Pero, mujer, Curra, ¿sabes?... Si el padre rector dice que sí...