Así era, en efecto: tan penetrada estaba esta de su superioridad que ni por un momento dudó de ser elegida, y pareciéndole que tras del baile había de venir la presidencia, de manera tan lógica y fatal como tras de la noche viene el día, había ya comunicado varias órdenes al tío Frasquito, gran maestre de los micos de su guardia, y confiado a María Valdivieso aquella misma tarde, en el camino, varios de los mil regocijos caritativos que a beneficio de los heridos del Norte proyectaba, y sobre todo, una kermesse famosísima que había de producir millones y millones.

Púsose Butrón al oír a Pulido muy enfadado, levantando los brazos como si quisiese coger las bambalinas.

—¿Que trae cara de presidenta?... ¡Pues se quedará con la cara, Pulido!... ¡No faltaba más! Una mujer sin crédito, sin pizca de vergüenza... Me espantaba toda la gente de sacristía... ¿Qué diría el arzobispo cuando fuera a pedirle la bendición para la obra?... María Villasis es la única..., la única, Pulido.

Nueva manifestación de duda de la ninfa Egeria, acompañada siempre del vocativo de su Numa Pompilio, fórmula de la íntima y familiar amistad que le unía con el personaje.

—Lo dudo, Pepe...

—¿También a esa la encuentras peros?...

—La encuentro calabazas, Pepe...

Butrón, muy incomodado, dio media vuelta diciendo que más bien serían camuesas, y el señor Pulido, sin perder su paz, repitió muy bajito:

—Digo calabazas, porque no vendrá, Pepe...