—¿Que no vendrá?...
—Es muy propensa a constipados... Acuérdate de la última junta, Pepe.
—Que viene, hombre, que viene... Si se lo prometió ayer a Veva, que la mandé yo expresamente.
Y así era, en efecto: la marquesa de Butrón había estado la víspera en casa de la Villasis a pedirle por todos los santos del cielo que no dejara de asistir a la junta; la pobre señora parecía azorada, y pedíaselo con tal ahínco, como si le fuera en ello la vida. La Villasis, sin embargo, no se mostraba muy propicia, y echándose a reír, le dijo:
—¿Pero qué falta hago yo, mujer?... La misma que los perros en misa...
—No digas eso, María, porque ni tú misma lo crees—replicó la otra muy apurada.
—Pues mira, Genoveva, te seré franca... Si fuera cosa tuya..., tuya exclusivamente, iría con el alma y con la vida... Pero tratándose de lo que se trata..., vamos... que no me gusta ese barrer para adentro de tu marido, que la pone a una siempre en el riesgo de tropezarse con basura... Y, francamente, no quiero ponerme en el caso de encontrarme mano a mano con una... Curra Albornoz u otra de su ralea.
—Tienes razón... ¿Pero qué se le va a hacer, si Madrid es un lodazal?
—No, no es un lodazal; porque tú y yo y otras muchas somos Madrid y, gracias a Dios, no somos lodazales... Di más bien que en Madrid hay un lodazal, que puede perfectamente evitarse andando con la ropa un poquito recogida... Pero, sin duda, es el maldito lodazal de agua de colonia, y como huele bien, a pocos veo que les repugne zambullirse dentro.