—Pero mi casa no está en ese lodazal, María.

—Lo sé; lo sé mejor que nadie, porque como nadie te conozco y te quiero... Por eso yo no me niego a ir a tu casa, sino a la junta que tu marido hace celebrar en tu casa. ¿Me entiendes?

Y como si temiese que la otra encontrase la distinción harto metafísica, apresuróse a torcer un poco el camino, añadiendo prontamente:

—No creas, por eso, que me niego también a contribuir a los fines de la asociación como una de tantas... Sé muy bien que lo de socorrer a los heridos es una pantalla; que se trata de preparar al ejército... No importa: yo también contribuiré a ello, pero sin disfrazarlo de obra caritativa... Lo hago, porque he visto nacer al príncipe y le miro y le quiero como cosa mía; y lo hago, sobre todo, porque se me ha prometido solemnemente que el primer cuidado de la Restauración será restablecer la unidad católica; que sin este requisito, nada, nada haría.

La Villasis se detuvo un momento, y sin el menor alarde de esplendidez, con la sencilla naturalidad de quien ofrece una cosa insignificante, añadió en seguida:

—Por eso, en cuanto quieras disponer de ellos, tengo a tu disposición diez mil duros... Si más pudiera, más daría.

La oferta de aquel cuantioso donativo no deslumbró a la de Butrón; habíase turbado mucho mientras hablaba su amiga, y moviendo la cabeza vivamente dijo:

—Lo creo, porque naciste para ser rica y sabes serlo... ¡Pero tu nombre, tu nombre vale más que los diez mil duros!...

Y la otra, dándole palmaditas cariñosas y remedando su mismo tono lastimero, añadió en son de burla:

—Pues mi nombre, mi nombre es justamente lo que no doy... Díselo así a tu marido.