La de Butrón dejó caer ambas manos abatida y dijo con voz acongojada, imperceptible casi:
—¡Dios mío!... ¿Y cómo le digo yo eso?...
Y de repente, dejando escapar un súbito sollozo, tapóse el rostro con el pañuelo, y un llanto desconsolador brotó de sus ojos, revelando un profundo abismo de amargura, un dolor hasta entonces callado y oculto. Quedóse un momento suspensa la Villasis, atónita y afligida por el temor de haber causado aquella honda pena.
—¡Pero, Genoveva, por Dios!... ¿Te he ofendido?...
La otra meneaba vivamente la cabeza, intentando decir entre sollozos:
—No..., no..., no... Es que Pepe...
—Pues bien, ¡no le digas nada!... ¿Quieres tú que vaya?... Pues iré, iré de mil amores... ¿Cómo había yo de imaginarme que iba a causarte esa pena?
Y tan afligida como su amiga, estrechaba entre las dos suyas una de sus manos, mientras la de Butrón, sin quitarse el pañuelo del rostro, cual si la vergüenza, al par que las lágrimas, la ahogaran, tartamudeaba:
—Pepe..., el pobre..., es tan violento...