Esta última palabra fue para la marquesa de Villasis un rayo de luz que le descifró el enigma: cruzó las manos con un gesto de ira, de sorpresa, de lástima profundísima, de compasión sin medida... ¡Luego era verdad, luego era cierto el chisme que varias veces había llegado hasta ella de que el noble Butrón, el leal caballero, el correcto diplomático, maltrataba con frecuencia a aquella esposa modelo, aquella ilustre señora, aquella débil anciana que sollozaba allí, ocultando la vergüenza de su marido en el fondo de su pecho, envuelta en su propia desdicha!...

Un violento impulso de noble ira se levantó pujante en su corazón, y hubiera querido arrancar del todo a la infeliz su secreto, no sólo para remediar su dolor, sino también para vengarlo. Mas la noble anciana, fiel a su decoro de esposa, guardó ese difícil silencio con que las almas heroicas saben coronar una de las penas más vivas que existen en la tierra: el sacrificio despreciado, el sacrificio inútil, y la marquesa de Villasis no se atrevió a interrogarla; el primer cuidado de la delicadeza, al consolar un dolor, es respetarlo, y nada hiere tanto una pena como la curiosidad, sacrilegio, por decirlo así, de la impertinencia.

Un llanto callado, el más sublime de todos los llantos, el llanto de la caridad, que cuando no remedia ni alivia consuela, llorando con el que llora, brotó entonces de sus ojos, y tan sólo al asegurarle una y mil veces que iría con sumo gusto al día siguiente a su casa, atrevióse a añadir con uno de esos brotes del corazón en que aparece la amistad tan santa y tan bella:

—¿Quieres otra cosa, Genoveva?... ¿Te puedo servir en algo más? ¡Dímelo!...

Otro quejido que revelaba el complemento de los grandes dolores, la falta del último consuelo, la soledad del alma, se escapó entonces de los labios de la anciana.

—¡Sí, sí, de mucho!... ¿Pues no lo ves? ¡Para poder llorar delante de alguien, para tener quien llore conmigo!...

Y al despedirse, serena ya del todo y consolada en lo posible, dijo a la Villasis con intención marcadísima:

—Te advierto que yo sólo te he pedido que vengas mañana a casa... De lo demás que pudiera sobrevenir nadie me hará responsable, y puedes negarte sin miedo.

Y añadió con tristísima sonrisa:

—Si yo estuviera en tu caso, haría lo mismo.