—¡Qué Isabel esta!... ¡Con qué gracia crucifica a todo el mundo!...
No sentó bien a la Mazacán aquel familiar Isabel, y como no tenía sobre sus tierras hipoteca ninguna de la banquera, la contestó recalcando mucho el nombre de pila de esta:
—Por eso tengo la seguridad de que a nadie calumnio, mi señora doña Ramona...
La duquesa, que aún no se daba por convencida, quiso replicar algo; pero el marqués, desasosegado y nervioso, impuso silencio, extendiendo una mano que parecía tener, como las de Jacob, mitones de cabrito...
—¡Basta, basta, señores!—dijo—. ¡Están ustedes jugando con fuego!...
Y lanzando en torno una mirada escrutadora, que brillaba entre sus cejas como el sol entre nubarrones, añadió:
—Todos tenemos aquí los mismos intereses, y se puede hablar claro... De ser cierto lo que Isabel dice, el tal nombramiento traerá cola... Lo de la abdicación es exacto, pero fue un olvido; yo estaba allí también, y me lo contó Pepe Cerneta, y la misma señora me lo repitió, lamentándose de ello... Por eso, cuando noté que Currita se había resentido, escribí yo mismo a la reina, aconsejándola que la desagraviara...
—¡Pues muy mal hecho!... ¡Lástima de tiempo perdido!—le interrumpió Isabel Mazacán con un mohín graciosísimo.
—¡No, Isabel, no!... Que cuando un partido está en desgracia, su política ha de ser siempre la de barrer para adentro... Por eso la señora me contestó hace poco que la invitaría para la primera comunión de nuestro príncipe en Roma... ¡Figúrense ustedes el compromiso que será para mí si la señora da ese paso en falso!... ¡Jesús, Jesús, qué disparate!... Pero, Isabel, cabeza de pájaro, ¿por qué no me dijiste eso a mí solo?...
—¡Pues me gusta la salida!... ¿Para que se lo guardara usted muy tapadito?...