La marquesa ateníase en sus palabras a la pauta trazada de antemano por Butrón, evitando con habilidad suma los puntos escabrosos y las mentiras gordísimas marcadas por el diplomático; hablaba muy despacio, con sencillez exenta de toda pedantería y el aplomo y la seguridad que dan a las personas nacidas y criadas en altas esferas el trato continuo de gentes y la conciencia de su propia grandeza. Butrón, en cuclillas, delante de su agujero, seguía con el alma en un hilo el discurso de su mujer, extendiendo las manos y llevando el compás como un director de orquesta que dirige una partitura, o como un magnetizador que desprende de sí con extraños pases el misterioso fluido. Quedó bastante satisfecho.
La miseria en que yacían los infelices soldados heridos en la campaña del Norte era grande y dolorosa, y debía precisamente despertar en el corazón de todas las señoras españolas los sentimientos más compasivos... Por eso habíase atrevido ella, la Butrón, a citar a todas las presentes para pedirles, por amor de Dios y compasión hacia aquellos infelices, que uniesen sus esfuerzos para socorrerlos, formando una asociación de señoras que, propagada por todas las provincias, pudiera allegar cuantiosos recursos para este objeto.
A esto se redujo la primera parte del discurso de la marquesa, que fue escuchado con religioso silencio. Hubo una pausa, en que las diversas fracciones se miraron unas a otras, alerta todas, silenciosas, con la solemne expectación de ejércitos enemigos que esperan para venir a las manos el sonido de la primera descarga.
La baronesa de Bivot, el bizarro Zumalacárregui, rompió el fuego la primera con la certera puntería de la lógica más exacta.
—El pensamiento no puede ser más caritativo ni más santo, y supongo que merecerá la aprobación de todas estas señoras, como merece la mía—dijo, echándose lentamente fresco con el abanico—. Pero debo hacer notar que en la campaña del Norte hay dos ejércitos españoles...
Y la pícara vieja acentuaba lo de españoles con una ambigua risita que hacía saltar a Butrón detrás de su agujero...
—...Uno del Gobierno y otro carlista: en los dos hay heridos y en los dos hay miseria... Supongo, por lo tanto, que esos recursos que se alleguen se dividirán en dos partes iguales: una para los heridos del Gobierno y otra para los carlistas...
Silencio sepulcral en toda la sala y saltos nerviosos de Butrón, que bufaba fuera de sí en su escondite.
—¡El demonio de la vieja!... ¡Pues no faltaba más!... ¡En eso estaba yo pensando! ¡En que con los fondos de mi asociación comprasen fusiles los carlistas!... ¡Y la estúpida Veva se calla!... Contesta, Geno, demonio: contesta que no, que se vaya si quiere, que no saca de aquí un ochavo... ¡La denuncio primero!