Aturdida, la marquesa no contestaba, en efecto, porque ninguna respuesta tenía aquella lógica observación, tan oportuna e inesperada. La Villasis, compadecida de la angustia de su amiga, acudió al punto en su auxilio.
—La baronesa tiene mucha razón—dijo—; pero sin duda no se ha fijado en un inconveniente insuperable... El Gobierno permitirá, sin duda, que se repartan en el ejército toda clase de recursos; pero imposible es que tolere el pase de dinero alguno para los carlistas... Por eso, la asociación tendrá que limitarse a socorrer a los heridos del ejército, dejando que secretamente acudan todas las que quieran al socorro de los carlistas...
Y dirigiéndose a la baronesa, añadió con significativa sonrisa:
—Supongo, baronesa, que usted conocerá bien el camino; pero si alguna no lo conoce, yo puedo indicarle un medio muy seguro por donde enviar socorros a esos infelices, que no están menos necesitados, ni son menos dignos... Yo tengo tirado ya mi plan: la mitad de lo que pueda dar lo entregaré a Genoveva; la otra mitad la enviaré por este conducto de que hablo a los carlistas...
¡Bonito se puso Butrón! A las primeras palabras de la marquesa, respiró con fuerza, murmurando: «No está mal el remedio». Mas cuando vio, por el giro que daba la dama a su respuesta y por el plan que exponía, que no era una estratagema la que usaba, sino un verdadero proyecto que podían imitar otras muchas, saltó fuera de sí muy incomodado, gruñendo entre sus bigotes puestos en punta:
—¡Demonio..., demonio..., demonio!... Si el remedio es peor que la enfermedad, si lo echa todo a rodar con eso... Se lleva la mitad, nos lo quita, nos lo roba...
El señor Pulido, con su flemática suavidad, díjole entonces:
—Descuida, Pepe..., pocas darán si hay que dar en secreto...
El valiente Zumalacárregui, parado en firme con la réplica no menos lógica de la Villasis, replegó su guerrilla y parapetóse en el monte Aventino, con una retirada digna de Jenofonte.