La marquesa de Butrón aprovechó tan favorable coyuntura para reanudar su discurso por la parte más espinosa... Era necesario nombrar una junta directiva, y a este propósito iba a leer una candidatura formada con el consejo de personas autorizadas, para sujetarla a la aprobación de todas las señoras presentes.
El golpe era atrevido y la imposición resultaba manifiesta; preciso era suponer que nadie osaría oponerse a un plan propuesto en su propia casa por dama tan respetable... El silencio era profundo y hubiérase podido oír el inquieto pestañear de Butrón y de Pulido, pegados a sus agujeros; los resoplidos que costaba al tío Frasquito mantenerse tieso en su incómoda postura, y los amagos de risa de Diógenes, que, metido en la concha del apuntador, frente al telón y de espaldas a la concurrencia, ocultábase a todos, oyendo a unos y otros, y maquinando, sin duda, algún plan endiablado que le hacía reírse a sus solas.
La marquesa sacó un gran pliego y comenzó a leer esforzando la voz un poco:
—Presidenta: excelentísima señora marquesa, viuda de Villasis.
Murmullo general de aprobación... Brusco movimiento de Currita y repentina llamarada de ira, de rabia reconcentrada presta a desbordarse en sus claras pupilas... Tras el telón, Butrón sonríe satisfecho y Pulido suspira desahogado; el tío Frasquito, sorprendido y acongojado al ver a su reina destronada, pierde el equilibrio y se agarra al telón, poniendo en riesgo el que guardan sus compañeros: mudos ademanes y miradas furibundas de estos le llaman al orden... En la concha, Diógenes hace una mueca que quiere decir: «¡Estáis frescos!», y prosigue riéndose solo... La marquesa de Butrón continúa leyendo:
—Vicepresidenta: excelentísima señora condesa de Albornoz.
Silencio profundo... Doscientos ojos escrutadores se fijan en la elegida, e Isabel Mazacán le envía desde lejos un irónico saludito de enhorabuena... Currita se muerde los labios y aparecen istrías sanguinolentas en torno de sus pupilas; un pedacito de encaje del pañuelo resbala por la seda de su falda y cae sobre la alfombra... Tras el telón, Butrón se azora de nuevo; Pulido murmura: «¡Lo dije!», y el tío Frasquito desiste de velarse el rostro con las manos por miedo de perder de nuevo el equilibrio... Diógenes ha desaparecido de la concha... La marquesa de Butrón prosigue:
—Vocales: excelentísima señora duquesa de Astorga, excelentísima señora condesa de Villarcayo...
Movimiento de horror en las huestes de Zumalacárregui...
Gesto de protesta del caudillo... La agraciada sonríe con una cara de babieca que revela la razón por que figura en la lista... La marquesa de Butrón continúa: