Las señoras quisieron volver atrás, y Currita, sin oponerse mucho al cumplido, consintió bien pronto en ello... ¡Oh!, traía ella las de Caín; como que venía nada menos que a embargarle por la tarde a una de sus ahijaditas; estaban atareadísimas ella y otras señoras, pidiendo por todas partes hilas para los pobrecitos heridos y objetos de todo género para la rifa, la kermesse, que prometía estar divertidísima. Habíanla dejado a ella sola aquella tarde, y por eso venía a buscar una companera agradable, un ángel de la guarda que la ayudase a tender la caña.

¿Qué corazón compasivo resiste a un anzuelo semejante?...

Y besó en la mejilla a la mayor de las dos hermanas, Margarita, que fijaba en ella sus ojazos de color de cielo, sonriendo con la inocencia con que sonríe un niño a los varios juegos de luz que forma el reflejo sobre las brillantes escamas de una serpiente. La generala aceptó en seguida, creyéndose honradísima, y aquella señora ejemplar, aquella madre cariñosa y cristiana que había educado a sus hijas en el santo temor de Dios y en el cercado de la pureza, fió sin reparo alguno el más bello de sus ángeles a aquella pícara redomada, aquella bribona indecentísima...

Salieron todas juntas delante la Albornoz, apoyada en el brazo de Margarita; en mitad de la escalera volvióse aquella muy animada:

—Como despacharemos tarde, me llevaré a comer a mi ahijada. ¿Me da usted su permiso?

—¡Pues no faltaba más, condesa!

—¡Gracias, querida, gracias!...

En el tarjetero de la berlina traía Currita un papelito en que se veían apuntados gran número de nombres y de señas; hicieron dos visitas, a una magistrada del Tribunal Supremo y a una brigadiera de artillería, dignísimas señoras, a quienes, después de sacar los cuartos la olímpica condesa, puso en ridículo con desvergonzado gracejo, haciendo desternillar de risa a la inocente Margarita. Entonces dio al lacayo unas señas que estaban apuntadas con lápiz, las últimas, de su letra misma.

—Calle de Rebollo, número 68... Hotel...

—¿Quién vive allí?—preguntó Margarita.