—¡Bonita idea!... La fattura es correcta... ¿Quién es?...

De nuevo se encogió Damián de hombros.

—Es una francesa, huérfana de un general, que pinta esas cosas... El señor marqués le compró hace tiempo ese cuadro...

—¡Ah, sí!... Ya sé quién es: vive en la calle de Rebollo, número 68. ¿Cómo se llama?...

—Se llama..., se llama... Pues no me acuerdo. Una cosa rara, así como un nombre de jarabe...

Currita moderó un movimiento de impaciencia, porque la cosa iba ya picando en historia. La una decía que era nombre de píldora y el otro que de jarabe, y sólo se sacaba en claro que era cosa de botica.

Al pasar por el comedor salió a saludarla el ama de llaves, muy atenta y obsequiosa, ensanchando cuanto pudo su robusta persona para taparle la vista de la mesa en que se hallaban los restos de la francachela que, en ausencia de su amo, celebraban aquellos granujas. Acudió el cocinero por el otro lado, pillo de siete suelas con aire de bonachón y campechano, y la invitó también a ver su cocina. Currita se puso muy encarnada... y no se atrevió a rehusar.

Apretando los puños de rabia y de despecho, entró la dama en su berlina y dio orden al cochero de ir a casa del general Belluga... Aquella taimada risita del jockey, aquel barullo inverosímil que le impedía ver si su amo acompañaba a unas damas, dábanle malísima espina y preciso era que ella apurase la verdad por sí misma.

El coche del general estaba en la puerta, reclinado el lacayo contra el quicio, tieso el cochero en el pescante con la fusta enarbolada. La condesa encontró en la escalera, prestas a salir de paseo, a la generala y a sus hijas, dos ángeles acabados de salir del colegio de York, en Inglaterra, que comenzaban a perder en la atmósfera viciada de los salones su perfume natural de candor y pureza, como pierden su sana fragancia el romero y el tomillo encerrados en una caja de almizcle. Llamábalas la condesa sus ahijaditas, porque en su famoso baile de ancha base habían sido presentadas bajo los auspicios de la dama por primera vez en el mundo.