—¡No iba en sleeping?
—No, era un reservado.
Currita se mordió los labios.
—¿Y les ha dejado aquí sus señas?
—No, señora.
—Lo decía para que pudieran enviarle el correo... Amí me las ha dejado.
—Si la señora condesa quiere enviárselo, yo le llevaré las cartas que lleguen.
—Sí, eso es lo más derecho y lo más pronto—dijo vivamente Currita.
Y en aquel momento entróle deseo vehementísimo de ver toda la casa: era muy bonita y estaba todo muy bien puesto: el salón, los dos gabinetes, el despacho, la alcoba, el cuarto de baño, el tocador... Un cuadro le llamó la atención en esta última pieza: representaba un ramo de camelias, saliendo del centro el busto de una mujer rubia muellemente reclinada en aquel lecho de flores, con mucho arte dispuesto... ¡Oh!, no había duda, era la francesa anónima, la del nombre de píldora que tan cruelmente se le estaba atragantando a ella. Detúvose a mirar el cuadro con aire de inteligente.