—¡Bueno!... En segundo lugar, tener dispuesta la bolsa; porque, amigo mío, con mosca a la mano se va lejos, y entre masones y no masones por dinero baila el perro.

El tío Frasquito hizo un gesto de resignación del paciente a quien sentencian a sacarse una muela, y Jacobo continuó:

—En tercer lugar, irse con pies de plomo, siguiendo la pista... Así es, que vamos a cuentas... ¿Quién sospechas tú que haya podido robar esos sellos?...

El tío Frasquito comenzó a hacer sobrehumanos esfuerzos para coordinar sus recuerdos... Seguro, segurísimo estaba de que quince días antes estaban allí los tres sellos; habíale enseñado despacio todo el álbum a otro amateur, el barón de Buenos Aires, y no notó hueco alguno... A los pocos días vino un individuo desconocido, recomendado por su camisero, que quería venderle con mucho empeño tres ejemplares curiosos: entonces hojeó otra vez el álbum... Después no le había tocado.

—¿Quién era ese individuo?

—Pues no sé... Un pobre diablo con carta de hambre, cualquierr cosa...

—¡Ahí está el hilo del ovillo!—exclamó con grande interés Jacobo—. ¿Le dejaste solo? ¿Tocó el álbum?...

—No..., no... ¡Ay, sí, sí, sí, Jacobito!... Ahorra me acuerrdo que sí, que vino Vicentito Astorrga y le rrecibí en el salón porrque no vierra semejante estaferrmo, y estuvo solo más de diez minutos... lo menos, lo menos.

—¡Aquí tenemos ya la púa del trompo!... Vamos ahora mismo a casa del camisero.

A la puerta esperaba enganchada la berlina de tío Frasquito, y en ella subieron ambos, dirigiéndose a casa del camisero, honrado comerciante de la calle de Carretas... Tampoco conocía este al incógnito; sabía tan sólo que era un comisionista italiano, amigo de otro francés que tenía negocios con la casa, en el ramo de perfumería... Al oír la nacionalidad del desconocido, llegó a su colmo la inquietud de Jacobo, porque parecióle ya evidente que se entendían en aquel asunto las logias de Italia y de España. Indicó, pues, al tío Frasquito que no era necesario averiguar más, y regresaron preocupados y silenciosos a casa de este. Despertóse por el camino la fogosa actividad de Jacobo a la vista del peligro, y en aquel breve trayecto trazó un plan atrevido, único a su juicio que podía remediar los yerros pasados y detener las consecuencias de su imprudente apatía. Aquella misma noche, sin despedirse de nadie, sin dar a persona alguna razón de su marcha, ni dejar sospechar siquiera el fin de su viaje, saldría para Italia, avistaríase en Caprera con Garibaldi, que le había iniciado en otro tiempo en las logias de Milán, y ante él trataría de justificar el secuestro de aquellos documentos, inventando un embuste, una historia, un enredo cualquiera, que viniese a sacarle de una vez de aquella situación falsa y angustiosa. Dinero tenía de sobra con los cinco mil duros ganados la noche antes, y la mina del tío Frasquito podía también muy fácilmente explotarse. Manifestó, pues, al atribulado viejo, al llegar a casa de este, parte de su plan, y concluyó diciendo que, puesto que el riesgo era de ambos, justo era también que ambos pagasen los gastos, y que era necesario le aprontase en aquel momento dos mil duros en billetes de banco; el viaje duraría dos semanas, y a su vuelta ajustarían cuentas, partiendo como hermanos los gastos que la empresa ocasionara.