Y sacó del bolsillo otra carta de Chiclana, provincia de Cádiz, en la cual se leía también la palabra sibilítica, el misterioso conjunto: ¡Mentecato!

La situación de Jacobo no era para reír mucho, y apagóse bien pronto el arranque de hilaridad que le había producido aquella burla pacientísima que no podía ser de otro que de Diógenes.

Arrepintióse al mismo tiempo, al ver los medrosos aspavientos del tío Frasquito, de haberle confiado en parte su secreto, y resolvió asegurar su silencio haciéndole creer que le alcanzaba a él también la inminencia del peligro. Detenidamente examinó las cartas, conteniendo, a pesar de los pesares, nuevos accesos de risa, y dijo al cabo con aire de convicción profunda:

—¡Evidentemente que esto viene de los masones!... A mí me sentencian por lo que hice y a ti te avisan que eres un mentecato por haberme encubierto...

—¡Perro si eso no es verrdad!—gritó el tío Frasquito muy apurado—. Si yo no te he encubierrto, si tomé los sellos porrque tú me los diste...

—Lo cual quiere decir—prosiguió Jacobo sin hacerle caso—, que si a mí me apiolan al volver de una esquina, a ti te dan una paliza en cuanto te cojan a mano.

Pegósele al tío Frasquito la lengua al paladar y exclamó medio llorando:

—¡Darré parte al goberrnadorr de Madrid!... ¡Le hablarré a Paco Serrrano!...

—Lo cual sería meterte tú mismo en la boca del lobo, porque lobos de la misma camada son uno y otro... Mira, tío Frasquito, aquí no hay más que una salida... En primer lugar, echarse un nudo a la lengua, y que ni tu sombra trasluzca lo que pasa...

—Lo que es eso, corre de mi cuenta.