¡Lo que le estaba pasando hacía más de tres meses!... Si aquello era para volver loco al más pintado; primero le incomodó, diole después rabia, y al presente, ahora, en aquel momento le espantaba; ¡vamos, que le espantaba, que le ponía los pelos de punta!...

—Un día, me acuerrdo muy bien, el 9 de diciembre, rrecibí porr el correo una carrta de San Peterrsburrgo...

Y el tío Frasquito sacaba la primera del paquete, cuyo sello tenía, en efecto, la efigie del zar Alejandro II.

—De San Peterrsburrgo... La abrí extrañado y me encontré con esto...

Y abría, a la vez que hablaba, la carta, poniendo ante los ojos atónitos de Jacobo un pliego en blanco, en cuyo centro se leía escrita esta sola palabra:

¡MENTECATO! Un gran flujo de risa brotó por encima de todos los terrores de Jacobo, y soltó el trapo a reír con todas sus fuerzas. Mas el tío Frasquito, muy desolado, prosiguió diciendo:

—¿Te rríes?... ¡Aguarrda, aguarrda!... Yo decía cavilando toda la noche: ¿Mentecato en San Peterrsburrgo? Y me devanaba los sesos y se me espantaba el sueño sin acerrtarr... Al otro día otra carrtita... ¿Perro de dónde crees?... ¡De Chinchón, Jacobo, de Chinchón!... La abro, y el mismo lema: ¡Mentecato! Al día siguiente, carrta de Fuente Obejuna, provincia de Córrdoba, y lo mismo... En fin, hijo, desde entonces todos los días, sin faltarr ninguno, una carrtita de letra diverrsa, de parrte distinta, las más rremotas en todas las partes del globo, de Francia, de Inglaterra, de Alcorrcón, de Alemania, de Chinchilla, de Calcuta. ¡Ya tú ves! De Calcuta, de Constantinopla, de Terrrones, Jacobito, de Terrrones, pueblecillo de tres casas, en la provincia de Salamanca; y siempre con el mismo lema: ¡Mentecato!... Un día, el 20 de enero, san Sebastián márrtir, ¡me acuerdo muy bien!, estaba más tranquilo; llegó el correo y no trajo carrta ninguna... Porr la tarrde abro ahí—y abrió la mesilla de noche—y allí... dentro me encuentro una carrta; la abro... ¡Mentecato!... Dime tú si eso no es para volverrse loco; si no encierra un misterio terrible, que tu carrtita del sello me va ahorra explicando...

Jacobo iba también comprendiendo, y desde luego pensó que nadie que no fuera Diógenes era capaz, ni en Madrid ni en todo el mundo, de dar una broma tan constante a aquel pobre majadero, para lo cual se necesitaba paciencia a toda prueba, relaciones muy extensas y medios de comunicación difíciles y complicados. Con verdadero asombro, preguntóle entonces:

—¿Pero de veras no te ha faltado ningún día?

—¡Ninguno!... A veces, cuando la carrta venía de muy lejos, sobre todo, estaba dos o tres días sin rrecibirrla; perro luego llegaban juntas... ¡Si te digo que ni un día me ha faltado! Mírralas, cuéntalas—añadió con acento de desolación profunda, desparramándolas todas sobre la mesa—y verrás cómo salen a carrta porr día... Desde el 9 de diciembre hasta el 15 de marrzo, que somos hoy, van noventa y siete días, porrque febrerro trrae veintiocho. Pues nada, ahí tienes noventa y nueve ¡Mentecatos!... Aquí está el de hoy.