Y púsose con gran cariño a explicarle el modo de hacer examen de conciencia, escuchándola Diógenes atentamente, mirando a veces el crucifijo. Cuando la marquesa cesó de hablar, díjola él con sencillez de niño:
—Se me va a escapar algo... Lo mejor será que te lo diga a ti todo..., y tú se lo dices luego al padre..., y entre los dos ven si falta algo...
—¡No, hombre, si no es preciso!—replicó la marquesa sin poder contener una sonrisa—. Piensa tú ahora, y luego el padre te ayudará.
Largo rato permaneció Diógenes silencioso, sosteniendo con ambas manos el crucifijo, fijos en él los ojos. A veces levantaba su pecho el temblor de un sollozo, y lágrimas abundantes corrían por sus mejillas; besaba entonces los pies del Cristo, entornaba los párpados y parecía rezar... La marquesa habíase sentado a los pies de la cama, en el gran butacón, y rezaba el rosario. Sonaron los cascabeles de un coche, y la dama hizo un movimiento para levantarse.
Diógenes abrió los ojos muy azorado.
—María... ¿Te vas?...
—No..., iba a ver si llegaba el padre.
—¿Pero no te irás?...
—No, hombre, descuida; no me voy...