—¿Estarás aquí hasta que muera?...

—Hasta que mueras estaré—replicó ella dulcemente.

Diógenes cerró los ojos, sosegado y tranquilo, como el niño que se duerme a la vista de su madre... Al cabo de un gran rato, dijo:

—María..., no me acuerdo del Credo... ¿Cómo era aquello?... «Subió a los cielos y está sentado...» ¿Dónde está sentado?...

—«A la diestra de Dios Padre»—dijo sonriendo la marquesa.

—«Todopoderoso»—prosiguió Diógenes; y terminó lentamente y en alta voz el símbolo de la fe, besando luego con grande afecto el crucifijo.

Entreabrióse a poco la puerta y asomó la cabeza del fondista, diciendo que dos padres de Loyola habían llegado. La marquesa quiso levantarse para salir a su encuentro; mas Diógenes, con gran sobresalto, apresuróse a decir:

—¡María..., no te vayas! Que entren ellos... ¿Para qué has de ir tú?...

Abrióse entonces la puerta para dar paso a una extraña figura que sorprendió a la marquesa e hizo a Diógenes echarse atrás en la almohada, al verla adelantarse hacia él extendiendo los brazos: hubiérase dicho que la muerte en persona, cubierta con la sotana de un jesuita, se presentaba en el aposento. Era un viejo alto y descarnado, hasta el punto de traslucirse todos sus huesos; traía una vieja sotana ceñida a la cintura por un orillo de que pendía un rosario, y escapábanse de su gran becoquín largos mechones blancos. Andaba lentamente, tambaleándose, con las manos extendidas como si temiese tropezar, porque estaba medio ciego, y así llegó sin ver a la marquesa hasta el lecho de Diógenes, y allí comenzó a palpar hasta tropezar con una mano de este; entonces, con sonrisa de niño que contrastaba con sus cabellos blancos, con voz cascada pero dulce, que el asma atroz que padecía tornaba un poco premiosa, dijo muy bajo:

—¡Perico..., Periquito..., hijo mío! Soy yo... ¿No me conoces?