Asombrado Diógenes, miraba aquella extraña aparición sin acertar a decir palabra, e interrogaba con la vista, ora a la marquesa, ora a otro padre más joven que tras el viejo había entrado; este añadió:

—Soy el padre Mateu..., tu inspector del Colegio de Nobles... ¿Te acuerdas?...

—¡Sí!... ¡Sí me acuerdo!—exclamó Diógenes con una gran voz, estrechando entre las suyas, sin soltar el crucifijo, aquella mano helada de esqueleto, que llevó con gran vehemencia a sus labios.

El viejo, con su serena sonrisa de niño, volvió el rostro hacia su compañero, diciendo con satisfacción íntima:

—¡Se acuerda..., se acuerda!... ¡Bien lo decía yo!... ¡Sí, por cierto!

—¡Sí que me acuerdo!—repetía Diógenes con grande ahínco—. Usted fue muy bueno para mí, y me quería, ¡oh, sí!, me quería mucho..., y me enseñó a rezar el Bendita sea tu pureza, y luego las tres Ave Marías... que decía usted alcanzaban de la Virgen misericordia...

—¡Y lo digo, Perico, lo digo!—repuso gravemente el viejo—. La alcanzan, sí, por cierto... Y en ti mismo lo ves ahora..., porque tú las habrás rezado...

—¡Sí, padre, sí..., siempre, siempre! Y se las enseñé a Monina... Ni una noche las dejé, aunque hubiese...

El viejo le atajó con gran viveza la palabra: