—¿Lo ves?... ¿Lo ves cómo la Virgen Nuestra Señora te concedió la misericordia?... Yo se lo pedía, se lo pedía—y sin dejar de sonreír cruzaba las manos y las levantaba, mirando al cielo con expresión beatífica—, porque me dijo Miguelito Tacón hace algún tiempo, cuando lo vi en Cuba de capitán general, el año treinta y cinco, que andabas..., vamos..., un poco alegre... ¡Y mira qué buena fue nuestra Madre!... ¡Porque lo viese yo, me ha conservado ochenta y seis años, Perico, ochenta y seis años!... Sí, por cierto...

Diógenes, cada vez más postrado, lloraba en silencio; el viejo, buscando a tientas la mano del enfermo, añadió apretándosela con todas sus escasas fuerzas:

—Porque tú querrás que yo lo vea... ¿No es verdad, Perico?... Querrás confesarte...

—¡Sí, padre..., sí quiero! ¡Con usted... Ahora mismo!—exclamó Diógenes tendiendo los brazos hacia él, como un niño que llama a su madre.

Y el otro viejo, sin dejar de sonreír, pero rompiendo también a llorar, se arrojó en ellos murmurando:

—¡Ochenta y seis años!... ¡Ochenta y seis años esperándote!...

Mientras tanto, la marquesa de Villasis y el otro padre habíanse salido del cuarto, y aquel explicaba a la dama la historia del viejo. El padre Mateu había conocido a Diógenes muy pequeñito, en el Colegio de Nobles, y enterado de que se hallaba moribundo en Zumárraga, pidió permiso al superior para ir a auxiliarle; negóselo este, temeroso de que en su edad avanzadísima le costara aquella obra de caridad la propia vida, mas el anciano instóle con tanto afán, suplicóle con tal ahínco, asegurándole con convicción tan profunda que Dios le había conservado ochenta y seis años sólo para aquello, que el superior no pudo menos de darle gusto.

A través de la puerta cerrada oíanse a veces los sollozos de Diógenes, y escuchábanse otras los gritos de horror que él mismo se inspiraba a sí mismo, seguidos del llanto de la contrición, desolado, abundante, pero dulce y sin amargura, como lo es el de todo dolor que se apoya en la fe y en la esperanza. Sonó al cabo de una hora una campanilla dentro del cuarto, y la marquesa y el otro jesuita se apresuraron a entrar... El padre Mateu estaba sentado a la cabecera del lecho, extenuado y jadeante, como si en aquella hora escasa hubiera perdido el corto resto de fuerzas que le quedaban. Dos hilos de lágrimas que iban a perderse en sus blancas patillas brotaban de los ojos de Diógenes; con una leve señal llamó a la marquesa, y díjole al oído con sencilla expresión de gozo inefable:

—Dice el padre Mateu... que Dios me ha perdonado...