À tout seigneur, tout honneur!—le dijo la duquesa devolviéndole sus besos.

Agrupáronse todos en torno a Currita, que se había sentado junto a la duquesa, desairando una taza de té que le ofrecían; pidió en cambio una copita de whisky, porque era de rigor en aquel tiempo, entre algunas damas elegantes que pretendían formar el cogollito de la crème, fumar y empinar de lo lindo, con mucha distinción y gracia. El respetable Butrón le ofreció un cigarro.

—¡Ay, no, no—dijo ella con su melodiosa vocecita—; eso es paja!... Dame tú uno más fuerte, Gorito...

Y mientras Gorito le daba un veguero, capaz de tumbar de espaldas a un sargento de caballería, y lo encendía ella pulcramente con una prosaica cerilla, le dijo la duquesa:

—¡Pero vamos, mujer... cuenta, cuenta!...

—¿Y qué he de contar yo—dijo ella entre dos chupadas—, si veo que lo saben ustedes todo?...

—¿Pero es cierto?—preguntó Butrón azorado.

—¡Ciertísimo!—replicó con énfasis Currita.

El peludo Butrón levantó ambas manos al cielo, la Mazacán paseó por la horrorizada concurrencia una mirada de triunfo, y la duquesa, irguiéndose iracunda, exclamó violentamente:

—¿Y lo dices con esa frescura?... ¿Y tienes valor para venir a decirlo aquí, en mi casa?...