Currita pareció quedarse sorprendida, casi espantada, y paseando por todo el auditorio sus claros ojos admirablemente azorados, dijo con el tonillo lastimero de una niña a quien amenazan con azotes:

—Pero entendámonos... ¿Qué es lo que ustedes saben?...

—Que estás nombrada camarera mayor de la Cisterna—dijo Isabel Mazacán con todos sus bríos.

Currita pensó desmayarse.

—¿Yo?—dijo con la ruborosa indignación de una virgen de cuya virtud se duda—. ¿Y ustedes lo han creído?...

—¡Nadie, nadie!—exclamó Butrón soltando el resoplido inmenso de un gigante a quien quitan de sobre el pecho una montaña—Nadie ha dudado ni por un momento de tu lealtad, hija mía querida, y cree que...

—¡Jesús, señor, qué gentes!, ¡qué lenguas!, ¡qué modo de tergiversar hasta lo más sencillo!—decía Currita con voz debilitada.

Y enjugándose con su finísimo pañuelo una lágrima, que, falsa o verdadera, apareció en sus ojos, dejaba ver al descuido la bellísima flor de lis que traía en el pecho, y una magnífica pulsera de oro, en que con sus gruesos brillantes se leía incrustada la cifra de Isabel II.

—El caso no puede ser más sencillo—prosiguió con aquella suave vocecita que jamás dejaba un mismo y pausado tono—. Ayer, en el consejillo, trataron del nombramiento de camarera, porque la verdad es que la posición de esa pobre Cisterna no puede ser más desairada... Pues nada, hija, el ministro de Ultramar[3] tuvo la ocurrencia de proponer que me hicieran a mí la oferta.

—¡Indecente!—gritó Leopoldina Pastor—. ¿Y tu marido no le ha dado ya una estocada?