Era, sin embargo, cierto que había visitado en Caprera a Garibaldi, y confiádole una peregrina historia que explicaba por completo la desaparición de los papeles, sin culpa de nadie, por supuesto. Mas el viejo mamarracho, sin guardar siquiera memoria de aquello, encogióse de hombros al oírle, y seducido por la labia de Jacobo, ofrecióle cordialmente cartas comendaticias para los venerables de Milán y de España que le pusieran a cubierto de todo recelo. Aceptólas Jacobo gozosísimo, creyendo ya con esto conjurado el peligro, y gastóse alegremente en excursiones por Italia todo su dinero, dejándose en la ruleta de Mónaco hasta el último céntimo del que había sacado al tío Frasquito. Las noticias del sabio Mentor hiciéronle apresurar su vuelta a España, y engolfándose de nuevo a su regreso en su antigua vida ordinaria de crápula elegante y vagancia aristocrática, interrumpida a veces por solemnes intervalos políticos, quedáronsele en la gaveta las cartas de Garibaldi, pasósele el susto que le había llevado a Italia, y en su impresión natural de niño revoltoso, no volvió a acordarse de los masones, juzgando que también ellos le tendrían olvidado.

Mientras tanto, los trabajos alfonsinos tocaban a su término, y Jacobo, creyendo haber pagado a buen precio con la entrega de sus papeles el logro de sus ambiciones, importunaba de continuo a Butrón y hacíase presente a todas horas en el centro de hombres políticos que dirigían los trabajos del partido, en demanda de una cartera que jamás se le había prometido en serio, pero que se le había hecho vislumbrar a lo lejos como precio de su hurto, en los tiempos en que era la consigna barrer para adentro. Mas había llegado ya la hora de barrer para fuera, y el taimado Butrón levantaba con disimulo la escoba para sacudir al joven Telémaco el primer escobazo, sin echar de ver que otra escoba más poderosa se levantaba también a su espalda con la idea deliberada de ejecutar con él la misma maniobra. La estrategia de unos y otros era graciosa: comenzaban ya a organizarse las combinaciones ministeriales, y en todas ellas hacíase el papel, delante de Butrón y delante de Jacobo, de reservarles a uno y otro las ansiadas carteras; mas volvía la espalda el joven Telémaco, y decían todos al prudente Mentor, y este era el primero en afirmarlo, que era una temeridad, un descrédito para el partido dar entrada en el futuro gabinete a un botarate, un loco sin decoro como Sabadell, y que la cartera que este esperaba había de darse al señor Fernández Gallego, hombre probo, orador famoso, capaz de desatascar un carro, cuanto más a un Gobierno, con sólo hacer oír en las orejas del tiro los rotundos períodos de su enérgica palabra.

Así quedaba convenido; mas tocábale la vez al respetable Butrón de volver la espalda y decíanse todos entonces que era una necesidad, una pifia, desperdiciar una cartera en aquel pobre hombre, político mujeriego, que debía de contentarse, a lo más, con una plenipotenciaria, pudiendo emplearse aquella, si no con honra, a lo menos con provecho, en el señor don Eusebio Díaz de la Laguna, pajarraco gordo en tiempo de Amadeo, que, como acontece en todas las restauraciones, habíase pasado con armas y bagajes al bando alfonsino en cuanto vislumbró en él la aurora del triunfo, ejecutando una de esas maniobras que en la farisaica jerga de los hombres gubernamentales se llaman cambios políticos, debiendo de llamarse charranadas o vilezas. Su entrada en el ministerio había de ser un poderoso puntal que aparcase las tendencias tolerantes y olvidadizas de la política restauradora.

Al olfato finísimo del señor Pulido habían llegado todos estos apartes, y apresuróse a notificarlos al amigo Pepe, temeroso de perder la deslumbradora proyección que sobre su persona y parentela arrojaría la poltrona ministerial de este. Entróse, pues, una mañana en casa del respetable Butrón, nervioso y descompuesto, y con las falanges de su dedo índice ya desplegadas y la frase sacramental—¡lo dije!—, colgando de los labios, traspasó el misterioso biombo de nueve hojas que servía de reducto con el despacho a los secretos del diplomático. Allí estaba este, sumido en profundas meditaciones ante unos papeles que debían encerrar altos secretos de Estado, de los cuales apartó los ojos tan sólo un segundo para mirar al recién venido, murmurando con aire distraído:

—¡Hola, Pulidito!...

Mas Pulidito, alargando el inexorable dedo indicador, cual si fuesen sus falanges elásticas, y agitándolo de arriba abajo con la fatal oscilación de un péndulo acompasado, exclamó con temeroso acento:

—¿Lo ves, Pepe?... ¿Lo ves?... ¡Lo dije!... ¡Lo dije!...

—¿Qué?—replicó Butrón con el aire resignado de quien se prepara a recibir un importuno chubasco.

—¿Qué?—replicó el señor Pulido en el mismo tono—. Pues nada... ¡que te birlan la cartera, Pepe, que te la birlan!...

Y al compás de las oscilaciones de su dedo, comunicó el diplomático sus noticias alarmantes... El respetable Butrón no se conmovió ni pizca. ¿Acaso era él bobo?... Al tanto estaba de todos aquellos manejos; pero callaba, callaba y hacía la vista gorda, porque tenía la seguridad—y su vanidad inmensa se la daba, en efecto—de que el futuro gabinete no podría prescindir de su persona y sus servicios... En cuanto a Sabadell, era otra cuestión: habíase forjado ilusiones absurdas, que en el futuro orden de cosas era imposible realizar. Sabadell era un loco, un mentecato que había prestado por carambola algunos servicios al partido, pero que no era de la madera de que la Restauración había de hacer sus ministros; hubiera podido serlo con un Prim o con un Serrano, pero nunca con un Cánovas del Castillo y con un Butrón...